Elaine Barker
A black and white world
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¿Quién soy?

Por Elena Dopazo


Desde el nacimiento de la fotografía ha existido siempre una polémica adhesión a sus principios artísticos.

Obsesionados o enfrentados a aquellos que veían en la fotografía un vehículo de captación momentánea, los fotógrafos han crecido en el tiempo intentando demostrar siempre que sus objetivos no sólo retratan aquello fugaz que el ojo ve.

Pocos han sido los que han esperado un conflicto pintor - fotógrafo: si bien es cierto que un lienzo atrapa unas emociones o introspecciones psicológicas, muchos fotógrafos -sólo tenemos que tomar el modelo del maestro Cartier-Bresson- han conseguido sacar el alma de muchos personajes, situaciones o incluso paisajes con sus cámaras.

La fotografía de Elaine Barker se aproxima a este concepto. Sin poner en lucha nunca arte y fotografía, su acercamiento a las realidades sociales tiñe de carácter y de particularidad sus fotografías.

Adicta al blanco y negro -con el que más cómodamente representa las realidades que busca- su obra es más que una crónica y más que una queja.

Trabajando tanto el mundo árabe y sobre todo la mujer, resultaría fácil caer en el lirismo o el patetismo fácil, sin embargo, Barker nos acerca esos rostros con una naturalidad que sorprende: caminos y pozos embarrados, angostos, medios de transporte que parecen funcionar por milagro de un ser superior y no por la mecánica, mujeres cubiertas o semicubiertas en entornos que todos conocemos (casi siempre indirectamente) pasan a ser algo cercano para nosotros; Elaine Barker ha llegado a hacerlos tan suyos, que todos ellos nos llegan como si hubiéramos crecido entre pantanales y mujeres bellas y curtidas, llenas de las cicatrices de sus culturas.

Entre el reportaje o la crónica, entre el diario de viajes y el sentimentalismo, su obra se ve como un álbum adulto y real, sin adornos ni pleitesías.

El único respiro que nos da su obra es la de sus "Things": los ceniceros, las copas, las sillas de un ambiente siempre amable se convierten en seres animados, insuflados de vida. Sus vasos parecen haber sido apenas usados por labios anónimos, sus sillas justo abandonadas en el momento de la captación, sus ceniceros aún humeantes chivan la presencia ajena.

Son objetos inanimados sólo porque lo sabemos, la capacidad de dar vida y acercarnos a todo lo que ella representa, es una cualidad inherente a todo el trabajo de Barker.

Con una técnica cada vez más depurada y segura, sus tonos no huyen en ningún momento de las sombras: luces y sombras son sus aliados. Juega con ellas y nos convence, no gusta de los grises, la vida que representa está hecha de blanco y negro, de claridad y del más oscuro de los abismos. Y nos emociona siempre desde el mejor de los recursos: la naturalidad.




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